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Esperaba con interés la vuelta de Chabrol a las taquillas, primero por el respeto que se le debe al viejo maestro y segundo por tratarse de cine político, una especie que parece que vuelve a resurgir con una cierta fuerza. Pero "Borrachera de poder" decepciona.
La sensación que ofrece este film es la de que el director se mueve en un territorio que no controla. Y el resultado es pura confusión. Chabrol quiere disparar a la vez a dos temas: de un lado, una trama de corrupción a los más altos niveles del Estado -francés, en este caso-; de otro, a las tensiones -personales, profesionales, éticas...- que la investigación de la trama provoca en la jueza que instruye el caso. Y no da en ningún blanco.
Sobre la trama de la corrupción, la historia, simplemente, no está bien contada. Nos levantamos de la butaca sin saber realmente qué hacían unos y otros, qué era lo que estaba en juego, y así es muy difícil quedar atrapados en la historia. El relato se limita a una serie de diálogos genéricos, abstractos (pago de comisiones a gobiernos de países aliados para que las empresas francesas puedan hacer más negocios, sabotajes...), pero sin acabar de explicar de qué está hablando exactamente.
La historia personal queda un poco coja, pese a la buena interpretación de Isabelle Huppert. Tal vez porque los segundos personajes carecen de un claro perfil y así es muy difícil sostener a un protagonista.
Cine, pues, seudopolítico, a años luz del de Costa Gavras o, incluso, del más reciente de The Queen, de Stephan Frears, cuyo guión da cincuenta vueltas al de "Borrachera de poder" |