 Sin haber leído nada sobre la película, ni siquiera el argumento, fui a ver Babel. Cuando empezó, recordé que –veinte años atrás- había estado en el mismo pueblo, en las puertas del desierto en Marruecos. Fueron unos segundos de nostalgia.
Empeñados en destrozar nuestras acomodadas conciencias occidentales, el director y el guionista se apresuran a zarandearnos desde el primer minuto. Brutal, extraordinaria, incomparable... Hacía años que una película no me revolvía tanto en el asiento.
Sólo pude distanciarme del sinvivir hacia el final, cuando ya daba igual. Dos horas y media perplejo, navegando del silencio bullicioso de Marruecos al estruendo multitudinario japonés, pasando por el alboroto cutre mexicano. Y todo envuelto por una denuncia de la permanente incomunicación en la que vivimos: en pareja, en familia, en vecindad, en oficina, en silencio, en discotecas,... Aquí o en Tombuctú.
No se la pierdan en pantalla grande. En casa no es igual, es una película más.
Juan Catalán |