Recuerdo hace muchos años, probablemente fuese a mediados de la década de los 80 del siglo pasado, cuando se me convocó junto al resto de periodistas económicos a asistir a un encuentro con un boyante financiero que empezó a explicarnos las bondades de los incipientes planes de pensiones.
Recuerdo que fue entonces, cuando tras una entusiasta explicación de cómo la gestión privada de esos fondos supondría que ya nadie más, nunca más, tendría que preocuparse por su jubiliación, un periodista viejo, creo que el más viejo de los que estábamos allí pidió la palabra y se atrevió a discrepar abiertamente de lo estaba defendiendo nuestro anfitrión. Decía este hombre que historias de ésas él ya había vivido varias y que le parecían cuentos de la lechera.
Le miraron con un insoportable aire de superioridad. Pobrecillo, debieron de pensar, no sabe lo que se va a perder. Pero el periodista siguió erre que erre: ¿Por qué hablan ustedes con esa seguridad, cómo pueden ustedes asegurar a 30, 40 años vista, que sus criterios inversores darán a nuestros ahorros una rentabilidad superior a la que nos proporciona la gestión del estado?
Pero... ¿cómo -decían en voz alta nuestros amables anfitriones- es que alguno de ustedes duda de que el sistema de pensiones de la Seguridad Social acabará entrando en quiebra? Por favor.
Recordaba esta escena cuando leía el domingo cómo el fondo público de pensiones de Noruega se había arruinado al acumular a finales del 2007 más de 800 millones de dólares en bonos y acciones de Lehman Brothers? ¿Hay alguien aquí pillado de la misma manera? No lo sabemos por ahora.
Lo que sí ya sabemos es que esos mismos estados que al parecer no nos podían asegurar las pensiones son ahora los que están salvando algo más que el culo al sistema financiero internacional. Me gustaría volver a encontrarme con aquél financiero, saber qué tal le ha ido, cómo está llevando la crisis.