Yo no estaba allí, pero me dicen que es lo que exclamó Zapatero cuando Juan Alberto Belloch, el alcalde socialista de Zaragoza, se hizo la foto con Alberto Ruiz Gallardón, reclamando a Solbes dinero para los ayuntamientos y que no caiga sobre sus espaldas el ajuste fino de las cuentas del estado. Me dicen también que en ese momento, Zp tuvo en su mente un recuerdo para Jordi Hereu, que no quiso sumarse a la sedición.
Y es que la cosa amenaza con hacer paganinis de la crisis a los entes locales, que si las autonomías están fundidas con la caída de los impuestos vinculados a la construcción y la compra-venta de inmuebles no les digo nada de los ayuntamientos.
Hay una ley, cuya reforma se anuncia recurrentemente, tanto como se deja de hacer, que intentaba establecer un nuevo modelo de financiación local, un sistema que apenas se ha alterado en los últimos 30 años. Ya en tiempos del alcalde Maragall, éste hizo bandera de un nuevo marco de negociación que dejara el 50% para el estado, el 25% para las autonomías y el otro 25% para los ayuntamientos. Como idea a todos les parecía bien, pero nadie quiso arremangarse y ponerla en marcha. ¿Por qué?
Pues porque el fuerte proceso de descentralización administrativa que ha vivido España, y que sirve a muchos para ver en ello el formidable despegue económico del país (datos actualizados hasta el inicio de la actual crisis) y a otros para profetizar el próximo derrumbe de la nación española, ha desplazado competencias y recursos en abundancia desde el Estado hasta las comunidades autónomas, mientras que éstas no lo han hecho hacia los ayuntamientos.
Y mientras la economía iba viento en popa y los líderes municipales podían recalificar como locos y generar flujos constantes de ingresos desde la especualción inmobiliaria más desorbitada, pues no pasaba nada. Ahora que se ha acabado con el maná, aparece de súbito todas las tensiones.
Un nuevo frente para Zapatero y Solbes, pero, en fin... ¿qué es una raya más para un tigre?