Se decía que Felipe González era un encantador de serpientes, un hombre capaz de embaucar, o de seducir, según el verbo que prefieran, a todo aquél que se le pusiera por delante, y el viernes lo pudimos comprobar fehacientemente. Abría junto al magnate mejicano, Carlos Slim una sesión sobre Europa y América, una excusa como otra cualquiera para traerle a él y a su "empleador". Slim estuvo aburrido, pero Felipe se ganó sin reservas al auditorio.
Habló de muchas cosas: de la imposibilidad de no abordar las reformas del Estado del Bienestar, de la pérdida de competitividad de Europa, de la necesidad de la energía nuclear..., pero me gustaría destacar en este blog sus críticas al Banco Central Europeo.
Dijo Felipe que el BCE estaba haciendo bien lo que se le había encomendado, luchar contra la inflación, pero algo se estaba haciendo mal, muy mal, cuando a pesar de tener los tipos mucho más altos que los Estados Unidos, la inflación de ambas zonas era más o menos la misma. Es decir, el mismo problema, pero nosotros con unos tipos y una moneda que castigan nuestro crecimiento.
Comentaba esto con José García Montalvo y me decía que la ortodoxia recomendaba precisamente esas medidas contra la inflación: tipos altos, menos crecimiento y vía ajustes en el empleo frenar las subidas salariales, y consiguientemente de precios al consumo. El problema si sólo nps quedamos en la segunda parte. Es decir, perdemos crecimiento, pero no frenamos la inflación, que es lo que está ocurriendo.
Entonces, se me ocurre que sería urgente establecer algún tipo de diálogo institucional, o sea permamente, entre el BCE y los responsables de política económica europea, de forma que se tomaran decisiones no sólo en una dirección (contener la inflación) o en otra (aumentar el crecimiento) sino sobre qué inflación podemos gastar a cambiar de impedir el frenazo o al revés.