Ahora que ya se ha celebrado el dichoso festival y se ha conseguido un honroso décimosexto puesto, puedo decirlo sin ambajes y salir del armario proclamando un sí como una catedral al Chikilicuatre. No, no estoy haciendo ninguna metáfora política. Estoy diciendo lo que he dicho, un largo y respetuoso aplauso para su performance.
¿Por qué? Vamos a ver, pues porque el Chikilicuatre ha sido el intento más serio que ha habido hasta ahora de dinamitar ese engendro kitsch, cursi, de exaltación de nacionalismos metafísicos, que es el Festival de Eurovisión. Nada ha sido más irreverente hasta ayer con los cánones de esa catedral de la simpleza, que es el susodicho festival, que mi admirado Chikilicuatre, otrora "el gilipollas".
Así las cosas, entre banalidades, mujeres barbudas, estupideces varias y horrenda música de plástico, la actuación de Rodolfo Chikilicuatre fue para mí casi como una aparición. ¿Cómo pueden ustedes comparar al patinador enloquecido que acompañaba al ganador ruso con la bailarina torpe que apoyaba la actuación del Chikilicuatre? ¡Por favor...!
Frente a tantas banderas, ¿cómo no apoyar al Chikilicutre supuestamente argentino, con guitarra de un todo a cien chino, que enviamos nosotros? ¡Bravo, Rodolfo!