Desayuno de trabajo. Mi interlocutor es un hombre con amplia experiencia en el mundo de las finanzas, donde desarrolla una exitosa carrera profesional. Hablamos sobre lo único de lo que se habla estos días, excepción hecha del Barça, lógicamente. Echa la vista atrás.
Dice que recuerda en 1994 cuando él y otro amigo fueron contratados para trabajar en una entidad vinculada a las cajas de ahorro. No tenían entonces mucha experiencia, pero su diagnóstico no admitía dudas: el modelo minifundista que imperaba en el sector no tenía sentido, había que llegar a fusiones, generar entidades de mayor tamaño, que aquí sí que importa. Lo explica con un ejemplo meridiano: un gestor cuesta igual si mueve 100 millones de euros que si trabaja 1.000, pero los ingresos para la entidad varían sustancialmente.
Cuando me está contando esto, yo recuerdo otra conversación del 2002, en este caso fue durante una comida, en la que un alto cargo de una caja me reconocía que el incremento brutal de la competencia y la consecuente estrechez de márgenes que vivía el sector sólo se podía superar con más dimensión.
Pero desde entonces nada ha sucedido en el mundo de las cajas de ahorro catalanas. La situación es más o menos la misma. ¿Se equivocaron mis amigos? Y si fuera así, ¿en qué fallaron? La realidad actual parece desmentirles rotundamente: el sector de las entidades de ahorro en Catalunya sigue teniendo una estructura bastante minifundista, con honrosas excepciones, y sin embargo su solidez financiera no parece estar en cuestión.
Lo que ha fallado, aquello con lo que nadie entonces contaba, es que fuéramos a vivir uno de los períodos más largos e intensos de boom inmobiliario que se recuerde. Un crecimiento tan alto y sostenido en el tiempo de los precios de la vivienda, junto a unos tipos de interés bajos hasta el punto de ser negativos en algunos momentos, ha dado pie a un negocio hipotecario boyante.
En ese escenario no hacía falta una especial habilidad en la gestión, lo que no significa que los gestores de las entidades que se han enriquecido con ese negocio no fueran hábiles. El bien que actuaba como garantía real del préstamo se revalorizaba a una velocidad tal, que inmediatamente el riesgo quedaba cubierto. Si le añadimos los efectos del proceso inflacionario creado por el euro y una situación de bonanza económica sin igual, con una formidable creación de puestos de trabajo, nada podía impedir que la burbuja inmobiliaria creciera y creciera y…
A lomos de esa formidable ola, nuestros bronceados surfistas llegaron a situar a algunas instituciones del ramo con un balance en sus operaciones de crédito de más del 60%, en algunos casos hasta del 80%, colocado en préstamos hipotecarios. ¡Qué gran paradoja! Aquellos que no se cansaban de dar consejos a sus clientes insistiéndoles en las bondades de la diversificación no tenían reparos en cambio en monocultivar su activo con una cartera desproporcionada a favor de las hipotecas.
¿Y ahora, qué? Cuando se dan casos en los que algunas promociones se venden a precio de coste (valor de suelo más hipoteca), en otros se prefieren perder las arras en la seguridad de que puede hacerse una nueva transacción en un próximo futuro sobre el mismo inmueble pero a un precio sensiblemente inferior, cuando apenas se cierran operaciones de compraventa, ¿ahora, qué? ¿Podrán las cajas de ahorro catalanas reconvertir el activo de su balance, hacer frente a una desaceleración económica de un cierto calado, a un previsible aumento de la morosidad que quizás haga que las coberturas actuales se queden cortas… manteniendo sus reinos de taifas?