Resulta curioso la facilidad con que a menudo los árboles no nos dejan ver el bosque. O, dicho de otra manera, con qué rapidez nos olvidamos de lo sustancial para ir a lo más reciente. Desde hace un par de días, ya hay muchos hablando de crisis bursátil, olvidando que hay dos crisis en todo caso anteriores que son el origen del problema.
La primera, la difícil situación de la economía norteamericana, que no es de ayer, ni siquiera de cuando se decubrió el embrollo subprime. De hecho, hace ya al menos 4 ó 5 años, antes de que aprendiéramos que significa subprime, que los economistas denunciaron la gravísima situación de una economía presidida por dobles figuras: déficit público y déficit exterior. Ese modelo, se decía, era imposible de sostener y sólo podría conducir a profundos desequilibrios y a la recesión. Pues bien, desde entonces, esas dobles figuras no sólo no han disminuido sino que se ha agravado: el dólar está cada vez más bajo y se calcula que Estados Unidos gasta cada año 200.000 millones de dólares en la absurda guerra de Irak, por citar dos factores negativos.
La segunda, la crisis subprime. Una enorme bola, una pelota de gigantescas dimensiones, se ha originado ante la falta de organismos reguladores internacionales adecuados. Soros criticaba ayer a los fundamentalistas del mercado, a los que creían que había que inhibirse ante las fuerzas del mercado porque éstas buscaban inevitablemente el equilibrio. No ha sido así. Unas agencias internacionales han dado cobertura al valor falso de algunos activos que se colocaban en el mercado y se compraban y vendían gracias al sello de calidad que ellas les otorgaban.
La falta de escrúpulos, los conflictos de intereses no resueltos, la negligencia y, tal vez, la falta de organismos reguladores internacionales -¡cuántas veces hemos reclamado aquí que las autoridades se impliquen en la puesta en marcha de instituciones internacionales para evitar sobresaltos en un mundo globalizado-..., todos esos elementos y alguno más conducen inexorablemente el mercado hacia el desequilibrio.
Y cuando todo esto estaba pasando, las bolsas españolas -con nuestra majestuosa burbuja inmobiliaria- y otras acumulaban ganacias del 40% durante cuatro años consecutivos de subidas. ¿Alguien podía imaginarse un escenario diferente?