No se habla de otra cosa entre la Barcelona informada: el otrora superconsejero de Economía y Finanzas de la Generalitat, Antoni Castells, está en horas bajas, muy bajas. El hombre encargado de llevar adelante la negociación con Madrid del nuevo sistema de financiación autonómica se dedica a todo menos a la tarea que el tripartito le tiene encomendada. Lo escribo a propósito de sus últimas salidas de tono políticas, en las que ponía en solfa al Gobierno en el que participa y al partido en el que milita, aunque eso sí, en la corriente minoritaria.
Castells parece dispuesto a convertirse dentro del PSC en un adalid del nacionalismo. Desde esas ínfulas de catedrático que pasea y que ya le caracterizan entre la Cataluña de a pie --provocando, dicha sea de paso, la risa del respetable--, Castells ha intensificado esa actitud superlativa que siempre le ha caracterizado desde su etapa universitaria. Es grave y, además, le sucede con sus compañeros de partido, los subordinados (leí en la última edición de La Plaza Semanal que ni sus jefes de gabinete le soportan más de un año), con los medios de comunicación...
Para redondear lo que es una actitud personal con un mensaje político, Castells se deja ir en las últimas horas con unas declaraciones al diario Avui en las que pone de manifiesto su incomodidad dentro del Govern tripartito. ¡Qué tiempos aquellos en los que Pasqual Maragall le dejaba reinar plenipotenciario!, parece que supuren sus declaraciones. Ahora, Montilla le hace pasar la escoba y preocuparse de la crisis económica. A él, nada menos que al intelectual de la hacienda pública catalana, menuda humillación.
Así anda la situación. Montilla --consciente-- quiere cargarse al consejero divino una vez se sustancie la negociación de la financiación autonómica. No quiere que cultive una interlocución con el poder económico catalán que en opinión del president no le corresponde ejercer a un consejero que ni tan siquiera está en la corriente mayoritaria del partido al que pertenece.
Y Castells, lejos de dedicarse a lo de la crisis, parece que quiera jugar a la política. Eso sí, en terreno perdedor.