Bien, ahí está: los españoles decidieron en las urnas que José Luis Rodríguez Zapatero siga gobernando cuatro años más. Esa es la mayor, después de cuatro años de campaña electoral ininterrumpida, desde que el 15 de marzo de 2004 los políticos del Partido Popular llegaran a la extraña conclusión de que la ciudadanía los había apeado del poder por razones espúreas y no por propia convicción y voluntad democrática.
Esa es la España de hoy, donde la radicalización entre izquierda y derecha se acrecienta, sobre todo en algunas zonas peninsulares muy delimitadas, y donde una ley electoral anacrónica permite a ciertos nacionalismos mantener unos niveles de influencia en la política española desproporcionada para su representatividad ciudadana.
El golpe que se lleva Izquierda Unida-Iniciativa es absolutamente injusto al millón casi de votos cosechado. La izquierda del PSOE no podrá ni tan siquiera formar un grupo parlamentario propio. No es únicamente fruto del voto útil, que también, sino de una arquitectura legislativa que hace prevalecer a determinadas minorias territoriales por encima de algunas mayorias nacionales. El caso del nuevo partido de Rosa Díez (UPD) es paradigmático: con más votos que el PNV sólo tendrá un parlamentario en el Congreso, mientras que los nacionalistas vascos dispondrán de seis parlamentarios que les darán una fuerza política alejada de su verdadera capilarización ciudadana.
Un parlamentario es más barato en Navarra (donde cuesta unos 60.000 votos) que en Madrid (donde es algo más de 100.000). Eso rompe el principio democrático de un ciudadano un voto, pero dudo mucho de que nadie se atreva a proponer un cambio legislativo que cambie esas inercias.
Puestos a elucubrar sobre lo sucedido, vale la pena realizar dos reflexiones. Una, victoria sin paliativos del PSOE. Dos, retroceso generalizado del nacionalismo. De la primera se deriva lo que pueda acontecer en el seno del Partido Popular, que tenía en estos comicios una cita crítica para su futuro interno. Las claves sucesorias parecen haberse desatado y ahora comienza la travesía del desierto de la derecha española. De la segunda conclusión también se derivan varios factores, como por ejemplo la batacazo de los independentistas de ERC, a los que la sociedad catalana ha devuelto a su estado original, antes de que José María Aznar López se convirtiera en su principal cartel electoral. ERC tiene tres diputados y debe sentirse especialmente satisfecha, pues del único representante en las Cortes que había tenido históricamente había logrado subir hasta ocho, un acontecimiento ciertamente especial y únicamente entendible desde la perspectiva antes citada: Aznar fue su gran activo electoral en Cataluña, generando una animadversión que ellos supieron capitalizar. No mucho mejor le ha ido a CiU, pese a que cuantitativamente mantengan una decena de diputados. Según cómo vaya la negociación, no van a servir más que para hablar catalán en el Congreso.
Lo más duro para quien suscribe es analizar el futuro de IU. Lo tienen realmente difícil si son capaces de recomponer los pedazos que aún les quedan. Son las primeras víctimas del voto útil y los más inocentes del arco parlamentario. Una parte de las políticas del PSOE durante estos últimos cuatro años han entusiasmado a sus votantes clásicos y ellos no han sabido construir un discurso propio y alternativo al de los dos grandes partidos en asuntos tan debatidos como, por ejemplo, el que afecta a la estructura territorial del estado.
En fin, las miserias están servidas y, como poco, lo que sería deseable es que tuviéramos cuatro años más apacibles en materia política.