El agnosticismo comprobado: Dios no existe.
De nuevo los obispos, otra vez la Iglesia española. Es difícil calmar la sed de notoriedad, influencia, control social y poder político de una institución tan ancestral como ésta. Quizás temerosos de las quemas de iglesias de otros tiempos, quizás asustadizos con un Alfonso Guerra siempre provisto de un cilicio dialéctico, lo cierto es que desde el final de franquismo no se les conocía una afrenta como ésta al Estado aconfesional y democrático que una amplia mayoría de españoles decidió otorgarse en 1978. Jamás en esos años hubo un chantaje tan arrogante del lobby episcopal a los poderes públicos democráticos.
Desconozco cuál es la razón de fondo que motiva sus disquisiciones en este tiempo y en este lugar, pero a Rouco Varela y a su corte de purpurados la Conferencia Episcopal se les queda diminuta. Serían mucho más útiles a la sociedad y a la fe que dicen servir si directamente optaran por constituir un partido político y se dejaran de medias tintas. Sí quieren que sus fieles voten al Partido Popular bastaría con que lo dijesen sin dobleces con las que confundirles en asuntos como el terrorismo o la libertad educativa.
Miren, cualquiera de nosotros podría compartir algunas de las tesis de su documento. Pero es del todo intolerable que interfieran en la política española como árbitros pretendidamente más cualificados que el resto de los ciudadanos. ¿Quiénes se han creído que son estos torquemadas de medio pelo para intervenir en la conformación de las opiniones políticas? ¿Qué nos van a explicar estos siniestros personajes de la dimensión moral de la vida? ¿De cuál, de la nuestra o de la suya, chantajista y parasitaria?
Tardé en escribir estas líneas para enfriar el profundo recalentón que la intervención de los jerarcas de la Iglesia me produjo. Pero me niego a dejar pasar la oportunidad de señalarles como lo que son: el gran mal de este país, una de las razones de nuestro histórico retraso polítical, social, económico y, si me lo permiten, hasta moral.
Por eso, hoy me atrevo a insistir en que, a la vista de cómo se comportan sus esbirros bajo el pretexto de representar en la tierra su autoridad moral, Dios no puede existir, será otra cosa.