El consejo más útil que probablemente pueda recibir un economista novato sea éste: “ya que no serás capaz de evitar los errores, debes aprender a camuflarlos”. Es una lección perfectamente asimilada por los principales gestores de la política económica mundial. Sin ningún tipo de dudas, unos auténticos expertos en camuflaje. En la actualidad, una gran parte de los ciudadanos está padeciendo su incompetencia. No obstante, la mayoría de ellos niega tener ninguna responsabilidad en la presente crisis. Así, prácticamente nadie ha reconocido los errores cometidos y entonado el mea culpa. Todo lo contrario. Unos insinúan que debemos estarles agradecidos por no dimitir y enfrentarse al desafío que supone la superación de la misma. Otros no tienen tal atrevimiento y justifican la presente coyuntura con un latiguillo más famoso que el de una canción del verano: “las recesiones económicas son inevitables y consustanciales al capitalismo”.
Desde mi perspectiva, la mayoría de las crisis no aparecen por casualidad, sino que son principalmente consecuencia de erróneas políticas económicas previas. Su duración no es fija ni está estrechamente relacionada con la extensión de la anterior fase expansiva, sino que es sumamente variable. Aunque algunos así lo creen, la profecía que auguraba en el antiguo Egipto siete años de buenas y malas cosechas no tiene ninguna utilidad en Economía. En una elevada medida, son cortas o largas, suaves o intensas, según la capacidad de los gestores de la política económica para identificar los problemas y encontrar las soluciones. En los últimos tiempos, éstos han fallado estrepitosamente, tal y como lo hicieron en Estados Unidos con posterioridad al crac de Wall Street de 1929 o en Japón, durante la década de los 90, después de la explosión de las burbujas bursátil e inmobiliaria. Dichos fallos explican en gran parte la virulencia y alcance de la actual crisis.
A diferencia de un gran número de economistas, estimo que la principal semejanza de la presente coyuntura con la observada en los años 30 no tiene que ver con la similitud de sus características, sino con la magnitud de los errores cometidos. En dicha década, la elevada caída de la Bolsa fue el detonante. Sin embargo, la inadecuada respuesta a la misma (1929 – 1932) se convirtió en la principal causa de su extrema dureza y elevada prolongación. Las autoridades actuaron de forma más ideológica que pragmática y fueron incapaces de prever el círculo vicioso que comportaría la inicial reducción de la demanda de bienes del sector privado causada por la disminución del dinero en circulación y el radical cambio de conducta de familias y empresas. De forma increíble, dados nuestros conocimientos económicos actuales, la Secretaría del Tesoro mantuvo el compromiso de consecución de un presupuesto equilibrado y la Reserva Federal no hizo nada significativo para aumentar en una elevada medida la oferta monetaria.
Por lo tanto, las principales claves para entender la presente coyuntura económica pasan por analizar los múltiples fallos cometidos. En este artículo, no voy a enumerarlos todos, sino únicamente aquéllos que considero más significativos desde una perspectiva de política económica. La primera gran equivocación fue el mantenimiento, durante un excesivo período de tiempo por parte de la Reserva Federal, de un tipo de interés de referencia...