Hace dos días veíamos una preciosa foto en los periódicos. La antorcha olímpica, tan asediada en la recta final de las Olimpiadas, coronando el Everest. Pseudo-parafraseando a Nietzsche, "a 8.000 metros sobre el mar y a muchos más del monje budista". Respiraba tranquilidad. Por primera vez, estaba alejada de las ruidosas consignas del movimiento freetibetano que la habían acechado a lo largo del mundo. Distante del presidente francés Nicolas Sarkozy y de la tierra removiéndose en China matando a miles de personas. Apenas escoltada por dos hombres envainados en abrigos (quizás serpas apolíticos) no sabía nada del mundo. Reencontraba, después de tantos años, esa calma eterna del Olimpo. Quizás debería quedarse allí para siempre, renunciar a bajar a la tierra de las inundaciones, donde los monjes que la perseguían se han olvidado de ella porque tienen algo mejor que hacer, como salvar vidas en Birmania. Que se duerma en la cima blanca. Nosotros, los mortales, nos olvidaremos tarde o temprano de que existían los Juegos Olímpicos. Total, ¿para qué los queremos? Hoy ya no tienen sentido. Todos estaremos más tranquilos, y las dictaduras podrán seguir siendo dictaduras plácidamente sin tener que convencer a otros regímenes de que no son tan diferentes. Es verdad, no lo son.