El martes tuve la indecencia de tragarme la segunda gala de Operación Triunfo, que este año suma ya su sexta edición. Lógicamente, ocurre una gran contradicción que resulta incómoda para los productores. En una teoría despojada del paso generacional y de las anécdotas personales que empujan o desalientan a los concursantes a presentarse al cásting, la primera edición de un concurso como éste elige a los doce mejores cantantes amateurs de España; la segunda edición, por consiguiente, escoge a los 12 siguientes (los cantantes situados entre el puesto 13 y el 24), y así sucesivamente hasta hoy. Por ello, el nivel de musical de los participantes es cada año peor, pero los productores se ven en la obligación profesional de que su programa sea cada vez más atractivo. He ahí la contradicción.
Desde hace un par de temporadas, un elemento nuevo ha salvado a este programa. Se llama Risto Mejide y es jurado en el programa. Es publicista y experto, según él, de lo que se vende el mercado discográfico. Su dureza amarga hacia los concursantes ha suscitado un atractivo mayor que el placer de ver crecer a un artista. Un placer que es más viejo que el hambre: la humillación.
Pero ya no es suficiente, por lo que OT ha inventado lo último en técnica televisiva. Una experiencia nueva y reveladora que probó suerte el martes por la noche: el meta-reality-show. No satisfecho con el escarnio público de los cantantes, Mejide fue soltando críticas sobre el programa; como el sensacionalismo rosa que se apoderaba del concurso, la mediocridad de los temas escogidos, la falsedad de unos músicos que no son músicos y que tocan en playback, la primacía de la planta de los cantantes sobre su voz, etc. Acusó también a Jesús Vázquez, presentador de la gala, de no saber conducir el programa. La tensión entre el jurado, el presentador, profesores, etc., creció hasta tal punto que la última media hora de programa cayó en un mal rollo impresionante.
Yo no sé si es buscado o no, pero la fórmula es buenísima. Están despotricando de concepto del programa que despotrica sobre los concursantes. La integridad y legitimidad de la producción se pone en duda en directo, así como se hace con los concursantes que bailan, cantan, conviven o sobreviven. Aquellos que normalmente deciden el morbo y se sitúan detrás de las cámaras pasan a un primer plano y son juzgados mediáticamente por la audiencia.
Qué gran innovación, llena de filosofía, digna de una ocurrencia genial en la antesala de cualquier reunión de productores. Eso, o simplemente la salida de tono de un personaje pedante que necesita crecerse y que, quizás inconscientemente, lo ha hecho dando un paso más en los reality-shows. Bravo TV.