Hace una semana, el Getafe Club de Futbol podría haberse postulado como futurible protagonista de portadas de semanales, de reportajes en televisión, de guiones cinematográficos, como la selección alemana en el '90. Podría haber catapultado ese humilde municipio de Madrid Sur al estrellato, a la revelación internacional. Podría haber creado un mito, un hito en la superación deportiva y humana. Un equipo con una plantilla de 25 millones de euros venciendo a los grandes de Europa, ganando trofeos nacionales e internacionales. Forjando una afición de la nada en todo el país. Y, cinco días después, ya no es nada. Sólo un equipo de la mitad baja de la tabla en la Liga, frágil e impotente, cargado de complejos y llanto.
Esa es la gran paradoja, la injusticia de toda competición. ¿Por qué, cuanto más cerca está uno del triunfo, cuanto más se ha logrado para alcanzarlo, mayor es la decepción? Alguien que se presenta a una selección para un puesto de trabajo, o para una beca, una plaza, lo que sea, tiene que superar varios pasos. El que es eliminado en primera ronda, más allá de su incompetencia, no tiene que lamentar más que haber perdido una hora de su vida. El que es bueno, se esfuerza, y supera varios escalones y al final es vencido, debe ver cómo se desmoronan los sueños que inconscientemente y, quizás, a su pesar, ha ido construyendo durante el proceso.
Sé que algunos dirán que en el mundo en que vivimos es el pan de cada día, y que todo es subordinable al placer de triunfar, ser escogido, ganar una copa o alcanzar la fama. Y es verdad, aunque considero injusto que no haya más recompensa para el luchador caído que el sentimentalismo efímero del reconocimiento. Necesitamos buscar mayores incentivos para que valga más la pena quedar tercero que trigésimo tercero. La vida es muy injusta