Walter Benjamin digería en uno de sus discursos decepcionados sobre la evolución técnica, política y cultural de Occidente que uno de los grandes leviatanes que ha destrozado nuestro mundo es la reproductibilidad de las cosas. La capacidad de reproducir cualquier objeto de valor genuíno, único. Cuando Gutenberg preveía su canonización intelectual no podía imaginar que la facilidad para multiplicar la belleza de las ideas, sin apenas esfuerzo, la degradaba y, sobretodo, abría las puertas a la aberración de engendrar monstruos a pelo y en un breve espacio de tiempo. El filósofo alemán añadía que la ciencia y el raciocinio no habían evitado que un hombre fuera disuadido de colocar una bomba, sino que lo persuadía y ayudaba para que matara a diez mil en vez de a diez.
Si el show de televisión inglés "You Got Talent" fuera un óleo de William Blake no presenciaríamos en España dos programas tan calcados a aquél como "Tienes Talento" de Cuatro y "Tú sí que vales" en Telecinco. O no veríamos anunciado en Antena 3 para los próximos días el inicio de la serie "Las tontas no van al cielo", que plagia sin complejos el éxito de Telecinco "Sin tetas no hay paraíso". España Directo, Valencia Directo, Catalunya en Directe...
Cuando pensamos en ello, solemos preguntarnos qué intrigas legales fabricarán los bufetes de abogados de los competidores para resolver la propiedad de los objetos. Hay otras cosas de las que preocuparnos. ¿Qué propiedad? ¿A nadie le preocupa que sea más solvente calcar éxitos que crearlos? ¿Que el artista, el autor legítimo de una obra sea tan (o tan poco) importante como el hábil reproductor de ella, el pícaro Gutenberg de la post-modernidad? Vivimos una era ecléctica, donde percibimos con angustiante pasotismo que todo está ya creado, y que el único modo de triunfar es combinar alquímicamente los ingredientes que otros ya mezclaron tiempo atrás.
Los nuevos aires es un auténtico vendaval que nos arranca el sombrero. Para cuando nos damos cuenta, el vendaval queda muy lejos, inaccesible. Pero no podemos detenernos a pensar porque llega otro igual. El vendaval nos transforma, nos aturde, nos adormece. Nos quita el poder de réplica por alusiones. Y de repente, en esa marea calurosa en la que estamos metidos, el presidente del Gobierno y el líder de la oposición nos la meten con datos falsos, con engaños pequeños y "costeables". Los dos, hinchando y recortando datos oficiales en televisión, en todas las televisiones, reproduciéndolos para 13 millones de personas. Y tras una semana de bombardeo mediático entre bandos, todo vuelve al mismo lugar, a los mismos sillones, al mismo debate. Y ninguno de ellos ha ido a la cárcel, ninguno ha dimitido, ninguno ha pedido perdón. Hoy nos postraremos ante el televisor y les daremos la misma oportunidad como si nada. Se preguntarán qué tiene que ver lo de arriba con lo de abajo. Pero es que, hoy en día, todo tiene mucho que ver. Ahí está el truco.