Cada mañana, en los pasillos de la estación de metro Sol de Madrid, Chris toca apañadamente el Canon de Pachelbel al violín mientras cientos de personas circulan en hora punta a su destino. Chris es de Bucarest. Tendrá aproximadamente unos sesenta años y su barba canosa y la mirada profunda le otorgan cierta presencia de exilio, de bucólico intelectual obligado a salir de su país, donde quizás regentaba la cátedra de alguna prestigiosa universidad o la primera silla a la izquierda del director de orquesta.
Es conmovedor, en los sudores suburbanos de las ocho de la mañana, detenerte por instinto delante de unas cuerdas tan afinadas y bellas. Yo, entre algunas personas más, tenemos la necesidad de desconectar de las angustias del futuro inmediato y nos detenemos ante el suave desliz de las notas del canon, perfectas y frágiles. Nos cruzamos miradas de complicidad.
Tras un par de minutos, uno se da cuenta de que el violín de Chris no toca mucho más que cuatro notas bien puestas sobre un disco con la grabación de algún cuarteto profesional. De hecho, cualquier persona con unas semanas de práctica sería capaz de imitar a Chris sin despeinarse. Es el altavoz y el reproductor el que se llevan todo el mérito.
Cuando se visitan luego otras estaciones, se advierte que hay muchos Chrises, repartidos por Madrid, que todos tienen el mismo protocolo y la misma cinta, y que sus aptitudes musicales son más bien reducidas. Todos tocan el Canon de Pachelbel con idéntica belleza. Se tratará de otro gremio más de las calles, igual que el de las rosas o el de las películas piratas. Y sin embargo, sigue siendo siempre emocionante detenerse delante de Chris y dejarse llevar por la poética de la ficción durante unos minutos, hasta que llegue el tren.