El viaje que acabo de hacer empezó en Lleida el 22 de junio, con el partido de España contra Italia, y terminó el pasado domingo en Madrid, con la victoria de la selección en Viena. Durante esa semana, el profundo País Vasco. Por muchos pintxos y zuritos que se tomen a pie de mar, no se evita tener una oreja, un ojo y una mano atentas a lo que llamamos “el conflicto vasco”. Esa turbia relación entre nacionalismos, ETA y presión social.
Indagando me di cuenta de las chillonas contradicciones que rodean el país. Sobre todo Vizcaya, cuya gente se enorgullece de ser vasca aunque los pocos que hablan euskera lo hacen mal. Eso es, al menos, lo que dicen en Guipúzcoa. En Álava, el pasotismo al respecto es total.
En Bilbao, me atreví con las Herriko Tabernas (tabernas del pueblo), que dan parte de su dinero a organizaciones abertzale, casi siempre Batasuna, para gestionar charlas y actividades. Entrar en una de ellas es impresionante. Sin pudor se muestran los carteles que tanto nos chocan desde fuera, como la de Etxean Euskal Presoak (Presos vascos a casa) o gritos de ayuda para de Juana o Mikel. En una de estas Tabernas, junto a
la Ría
, encontré a su camarero, viendo apasionado un partido de Yo soy Betty, la serie de Telecinco cuya metamorfosis y boda encandilan a media España. Si los carteles se movieran se echarían encima del traidor como locos. Pero a los clientes que entraban en el local no parecía importarles. Saludaban con normalidad y hasta lanzaban un par de miradas al televisor. Para más tema, coincidí con dos abertzales en un karaoke, donde observé atónito su vibrante y emocionada voz mientras cantaban Antonio Flores o
la Puerta
de Alcalá.
Pero todo cambia cuando se viaja a Hernani o Arrasate (Mondragón). En Hernani eran fiestas patronales y disfrutaban de la sidra bajo los carteles de los presos. En Mondragón, el silencio a pleno día era apabullante. Poca gente en la calle y nadie saludaba. Un grupo de jóvenes con mirada desafiante vestía la camiseta de la selección alemana y hablaba (por fin) en un vasco fluido.
Todavía no digiero la experiencia, pero este País Vasco, pese a sus cosillas, me mereció un enorme respeto porque sí que tienen un punto diferencial, una cultura especial y una manera de hacer las cosas que merece ser distinguida. La vuelta a Madrid, para cuando la gente salía a la calle y celebraba la victoria con la bandera española por camiseta. Uno de ellos, borracho como una cuba, al ver que no cantaba con él, soltó un sincero “hay que ver, este país está lleno de etarras y maricones”. Es que son tal para cuál.